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La última pieza

                                                    

   Ella abrió los ojos, despertando de un sueño sin imágenes. Estaba en una cama de hospital rodeada de una maraña de tubos y cables. La luz blanca y fría del lugar apenas iluminaba la habitación, creando sombras amenazadoras en las paredes. Aumentando la sensación de desorientación que la envolvía, no sabía dónde estaba, ni qué día era, ni qué le había sucedido. Pero lo más aterrador de todo era la sensación de vacío en su mente, como si alguien hubiera borrado todos los recuerdos de su vida. 

   —Buenos días, Ana —la voz del Dr. Fuenzalida la sacó de su ensimismamiento. Entró en la habitación con una carpeta en la mano y un bolígrafo asomando detrás de su oreja. Dio la vuelta a la camilla y se detuvo a su lado, con una mirada preocupada en su rostro.

  Ana lo observó con los ojos abiertos, revelando sorpresa en su mirada, mientras la incertidumbre danzaba como una sombra por su mente.

   El Dr. Fuenzalida le devolvió una sonrisa reconfortante, sacó el lápiz de su oreja y comenzó a tomar notas en la carpeta con una expresión concentrada.

   —Entiendo que esto es desconcertante, Ana, pero quiero que sepas que tu vida ya no corre peligro. Tuviste un accidente de coche y estuviste en coma durante dos semanas —le dijo el Dr. Fuenzalida en tono calmado. —Lo que estás experimentando ahora es una amnesia retrógrada, una pérdida de memoria de los acontecimientos anteriores al trauma. Pero quiero asegurarte que esto será temporal. Con el tiempo, gradualmente comenzarás a recuperar tus recuerdos…

   Ana experimentó una confusión abrumadora. ¿Cómo iba a recuperar su memoria si no tenía ninguna pista de quién era? ¿Qué pasaría si nunca volvía a recordar? ¿Qué tipo de vida había llevado antes del accidente? De pronto, una sensación de inquietud la envolvió, mientras intentaba desesperadamente reconstruir los fragmentos perdidos de su pasado.

  El Dr. Fuenzalida le administró calmantes y somníferos, induciendo un sueño profundo. Despertó a media noche, la maquinaria médica resonando en el silencio. Se enderezó y divisó a un hombre alto, moreno, de aspecto serio en la esquina de la habitación.

   Ana intentó enderezarse sobre la camilla, lo que provocó que la máquina que controlaba sus latidos cardíacos emitiera un pitido agudo. El hombre abrió los ojos y su rostro se iluminó con una sonrisa deslumbrante.

   —¿Ana, ¿cómo te sientes?  —le preguntó con entusiasmo.

  Ella lo observó con inquietud, sin reconocerlo ni recordar ningún detalle sobre él, preguntándose quién era ese desconocido.

   El hombre se levantó, acomodó su cabello y se aproximó con delicadeza.

  —Soy Carlos, tu esposo —murmuró con suavidad, acariciándole la mano. Intentó tocarle la mejilla, pero Ana retrocedió, soltando un grito que activó las alarmas.

  En un instante, una enfermera apareció en la habitación. Con amabilidad, solicitó a Carlos que abandonara la sala y procedió a administrarle calmantes a Ana, induciéndola rápidamente en un sueño sereno.

  Al día siguiente, cuando Ana despertó, Carlos estaba frente a ella, observándola con ternura. Esta vez se sentía más calmada, gracias a los efectos de los medicamentos. Observó al hombre que se suponía que era su esposo.

   Él le sonrió y se acercó con delicadeza.

  —Gracias a Dios, Ana. No sabes cuán terrible ha sido todo esto —susurró con alivio. —El Doctor Fuenzalida me explicó que con el tiempo tu memoria volverá. Lucía, nuestra hija, te ha echado mucho de menos. Desea verte, pero aún no es el momento. Sé que es un golpe difícil de asimilar, pero te lo juro, juntos te ayudaremos a recuperar la memoria.

   Sacó de su bolsillo una foto de Lucía y se la pasó. Ana la observó con una extraña sensación. Era una niña rubia, sonriente de unos seis años, lo que la desconcertó aún más. ¿Esa niña era su hija? ¿Cómo era posible que no la reconociera?

   Carlos le contó que vivían en una casa en las afueras de la ciudad, que él era abogado y que ella era profesora de arte. Le dijo que se habían conocido en la universidad y que llevaban diez años casados. Le dijo que eran muy felices y que no tenían ningún problema. Ana escuchó con atención, pero no le sonó nada de lo que le dijo.

  Carlos no pudo evitar sentirse entristecido por la actitud de Ana, pero aun así mantenía la esperanza de que pronto recuperaría la memoria. Tragó saliva y la miró con determinación.

  —Te tengo una sorpresa —le dijo, luchando por contener las lágrimas que amenazaban con aflorar.

  Se acercó a su bolso y sacó una caja envuelta en papel de regalo, tratando de mantener la ilusión a pesar de las circunstancias difíciles.

  —Hoy es nuestro aniversario de bodas, y te compré algo muy especial —le dijo con una sonrisa.

  Ana abrió la caja con curiosidad y encontró un rompecabezas de mil piezas. Al principio, le pareció un regalo extraño y aburrido. Cuando Carlos le explicó que la imagen del rompecabezas era de ellos dos en París, en el lugar exacto donde ella le había pedido matrimonio, Ana no sintió ninguna emoción.

   —Este fue un viaje repleto de romanticismo, donde tomé la decisión más importante de mi vida, y la mejor de todas —le mencionó Carlos con entusiasmo.

  Ana asintió con una expresión neutra, tratando de conectar con la historia que le contaba Carlos. Sin embargo, la conexión emocional seguía siendo esquiva, como si un velo separara sus recuerdos de la realidad presente.

   Ana miró el rompecabezas con indiferencia. A pesar de no sentir absolutamente nada, accedió sin mucha ilusión, reconociendo el esfuerzo que Carlos estaba haciendo por conectar con ella. Quizás, pensó, en medio de las piezas dispersas, su memoria podría regresar.

   Comenzaron la búsqueda de las piezas del borde, las más simples de colocar. Sin embargo, el entusiasmo de Ana se desvaneció rápidamente. El rompecabezas no le agradaba, la imagen no le transmitía nada, y la presencia del hombre a su lado le resultaba indiferente.

   A medida que las horas avanzaban, el rompecabezas cobraba vida bajo las hábiles manos de Carlos. Ana se sorprendió de la destreza de él para encontrar las piezas correctas; cada conexión parecía tener un propósito. A pesar de la rapidez de Carlos, Ana simplemente seguía sus indicaciones, sin comprender el significado profundo de su tarea, sumida en una mezcla de desinterés y desconcierto.

   Cuando solo quedaba una pieza por colocar, Carlos se detuvo y tomó la mano de ella con ternura.

   —Ana, sé que para ti esto es como si fuera algo nuevo. Esta es la última pieza, la más importante, la que completa el rompecabezas. Y esta pieza eres tú. Sin esta pieza, el rompecabezas no tiene sentido; sin ti, mi vida no es nada. Te amo y espero que algún día tú también lo vuelvas a hacer.

   Ana escuchó las palabras de Carlos con una sensación de vacío en su interior. Aunque no podía recordar el amor que una vez compartieron, sintió un atisbo de emoción ante la sinceridad de la voz de Carlos.

   Ana cogió la última pieza sin mucho entusiasmo. Era una pieza que correspondía a su rostro. La observó unos segundos, sintiendo como si algo dentro de ella empezara a resonar. Con una especie de intuición, la colocó en su lugar. Y en ese instante, Ana recordó.

  —Diego —murmuró con un hilo de voz, sintiendo un nudo en la garganta. Las lágrimas, traicioneras, comenzaron a descender por sus mejillas, dejando un rastro salado a su paso, mientras algo en su interior se desmoronaba irremediablemente.

   Carlos, al percibir la angustia en el rostro de su esposa, frunció el ceño con preocupación. El nombre que resonó en la habitación lo golpeó como un puñetazo en el estómago. Su mente se llenó de preguntas e inquietudes, mientras luchaba por contener la tormenta de emociones que amenazaba con desbordarse.

   Ana lo miró a los ojos, pero no pudo soportar su penetrante mirada. En su lugar, un grito visceral escapó de lo más profundo de su ser, rasgando el silencio de la habitación. Se llevó las manos al rostro, como si quisiera ocultar el dolor que la consumía.

    — ¡Estoy embarazada! —gimió entre lágrimas.

   Carlos se acercó a ella, con el rostro pálido y los ojos llenos de una ilusión que se derrumbaba. Intentó abrazarla, pero Ana lo alejó con un empujón.

   —Lo sé —le dijo él con angustia. —En los primeros exámenes que te realizaron, se confirmó la positividad de la prueba de embarazo. A pesar de mi condición de esterilidad, el Dr. Fuenzalida me proporcionó perspectivas alentadoras a la existencia de una remota posibilidad de paternidad, pero…

   Ella soltó un gemido de impotencia y desesperación.

  —Él no es tu hijo. Es de Diego, un tipo que conocí hace unos años y con el que tuve una aventura, hasta… hasta que tuve el accidente…

   Carlos la miró con incredulidad, sus ojos reflejando una mezcla turbulenta de sorpresa y dolor. Tragó saliva con esfuerzo, buscando desesperadamente las palabras adecuadas en medio del torbellino emocional que lo embargaba

   — ¿Qué dijiste? —exclamó, su voz temblando con una furia apenas contenida. —¿Infidelidad y un hijo de otro hombre? Ana, esto es una traición a todo lo que creíamos… —sus manos temblaban como si tuviera un ataque de nervios mientras intentaba procesar la verdad que se desplegaba ante él. Se alejó un paso, como si necesitara distancia para digerir la impactante revelación que le había caído como un balde de agua fría.

   —Carlos, lo siento —murmuró Ana, con la voz quebrada. —Fui débil cuando enfrenté a Diego. ¡Él Se desesperó y admitió que no quería un hijo! Fue entonces cuando algo en él cambió. Me golpeó, Carlos. Se convirtió en alguien irreconocible. En ese momento, supe que tenía que escapar. Pero Diego me persiguió en su auto, y fue entonces cuando ocurrió el accidente. Fue terrible, simplemente terrible. Cometí un error del que nunca podré liberarme.

   —¡Un error! —interrumpió él, su tono elevándose hasta convertirse en un grito. —Esto va más allá de un simple error, Ana. Has destruido la confianza que teníamos y el amor que nos unía…

   Carlos se pasó una mano por el cabello con un gesto frustrado, sintiendo la rabia bullir en su interior y una presión incontrolable detrás de sus ojos. La necesidad de llorar lo abrumaba, pero se aferraba con fuerza a su compostura.

   —¡Ni siquiera cruzaste por tu mente nuestra familia, ni a Lucía, nuestra pequeña! ¡Jamás te defraudé, siempre estuve a tu lado, y esto es lo que obtengo! —rugió con desesperación, mientras se acercaba a ella y la tomaba por los hombros, sacudiéndola con fuerza.

   Ana se estremeció, sintiendo el dolor de sus dedos clavándose en su piel. Lo miró a los ojos, buscando una pizca de comprensión o perdón. Pero solo vio ira, rencor y decepción.

   —Carlos, por favor, cálmate —le suplicó, temiendo por su seguridad y la de su bebé. —No me hagas daño…, no le hagas daño a nuestro hijo…

   Carlos la soltó, como si le quemara. Se echó hacia atrás, con una expresión de horror y repulsión.

   —¿Nuestro hijo? —repitió, escupiendo las palabras con desdén. —No me vengas con eso, Ana. Ese hijo no es mío. Es de ese bastardo con el que te acostaste. No tienes derecho a llamarme padre. No tienes derecho a nada.

    Carlos se dirigió a la puerta, decidido a marcharse.

   —Carlos, por favor, escúchame —suplicó ella con un grito. —Te lo ruego, no te vayas. No me abandones. No me odies. Dame una oportunidad de explicarte. Dame una oportunidad de arreglar las cosas. Dame una oportunidad de recuperar tu amor.

   Carlos se dio la vuelta, y la miró a los ojos por última vez. Su mirada eran dos pozos de tristeza, de rabia, de decepción. Sus labios se movieron, y pronunciaron las últimas palabras que le diría.

   —Adiós, Ana —le dijo, sin ninguna emoción. —Adiós, y que te vaya bien. Con tu hijo. Con tu amante. Con tu vida. Pero sin mí. Sin mí y sin Lucia, Ana. Porque yo ya no quiero saber nada más de ti. Nada. —le gritó. 

   Cerró la puerta, dando un portazo que hizo temblar las paredes. Ana se quedó sola, en la habitación vacía. Se desplomó en la camilla, abrazando su vientre. Se echó a llorar, sabiendo que lo había perdido todo.

   Los paramédicos irrumpieron en la escena con urgencia, sus rostros reflejando desconcierto ante el estrépito del portazo. Con destreza, se abocaron a estabilizar a Ana, dedicando atención meticulosa a cada detalle. El cansancio la venció, y pronto se sumió en un sueño, ajena al caos que la rodeaba.

    Al despertar, en medio de la noche, una tenue luz de lámpara acariciaba la habitación, pintando sombras misteriosas en las paredes. La quietud se rompió cuando las cortinas se movieron inesperadamente. Entre ellas emergió Diego, un destello metálico provenía de la hoja del cuchillo que sostenía con firmeza en su mano.

   —Te lo advertí, ¡no quiero ser padre! –le susurró con una voz malévola que resonó en el silencio de la habitación.

Ana quedó paralizada, incapaz de creer lo que veía.

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