La Partitura Prohibida


Lucas siempre soñó con convertirse en un músico famoso. La música sinfónica era su pasión y el violín, su instrumento predilecto. Con él, expresaba todo lo que sentía y le daba sentido a su existencia. Un día, decidió apuntarse a un curso de música universitaria para profundizar en los secretos de la teoría musical. En una de las clases, el profesor les mostró una sorpresa: una caja de madera que contenía una colección de partituras antiguas. Les explicó que eran piezas únicas y valiosas, que habían sido rescatadas de un incendio que había destruido la biblioteca de un convento hace siglos. Les dijo que eran parte de un proyecto de investigación que él dirigía, y que les permitiría verlas y estudiarlas, pero con mucho cuidado y respeto.
Lucas se acercó a la caja con curiosidad. Entre las partituras, una llamó su atención: estaba escrita con una caligrafía elegante y delicada, y tenía un título en latín: ‘Cantus Aeternus’. Lucas sintió una extraña fascinación por esa partitura. La tomó con cuidado y la abrió. En el margen superior, había una nota del autor: “Esta es la melodía que escuché en mi sueño, la que me reveló el secreto de la vida y la muerte.
Lucas se estremeció al leer esas palabras. ¿Qué significaban? ¿Qué secreto escondía esa melodía? Sin pensarlo, se llevó la harmonía al oído y tarareó la música en voz baja. Lucas se sintió hipnotizado por ella. Quería tocarla con su violín, quería sentirla en su alma, quería descubrir su misterio. Miró a su alrededor. Nadie parecía haberse fijado en él. Con un rápido movimiento, dobló la partitura y la escondió entre sus libros. Luego, se alejó de la caja y se sentó en su puesto. Esperó a que la clase terminara, guardó la partitura robada en su mochila y se la llevó consigo a casa.
Apenas cruzó el umbral, una sensación de alivio lo inundó. Se dejó caer sobre el suave sofá de la terraza de su hogar, sacó el violín y colocó la partitura frente a él. Una brisa apacible acarició con ternura su pelo, mientras los últimos rayos del sol pintaban destellos dorados en sus ojos. En ese momento mágico, Lucas se entregó por completo al arte. Aunque al inicio, las primeras notas titubearon, torpes y discordantes, en un instante, las cuerdas cobraron vida. Se trenzaron en una danza armoniosa, envolviéndolo en una atmósfera mágica y misteriosa, compuesta por la hermosa melodía que fluía de sus dedos con pasión.
Fue Dante, su gato mimado, quien se posó frente a él y, con un ronroneo profundo, lo observó con sus enormes ojos de esmeralda. Lucas le dedicó una sonrisa, dejó de tocar y le acarició. En ese preciso instante, como si una sombra invisible se cerniera sobre ellos, Dante se erizó de repente. En un parpadeo, sus ojos resplandecieron con una intensidad inusitada, y un maullido agudo, cargado de urgencia escapó de su garganta, como si estuviera instando a Lucas a retomar la melodía. Era como si el propio Dante estuviera inmerso en la magia que emanaba de la música, como si su alma resonara en armonía con cada nota que brotaba de las cuerdas.
Lucas asintió en silencio, cerró los ojos y dejó que sus dedos danzaran sobre las cuerdas. La melodía que emergía de su violín era más que música; era un encantamiento tejido con notas mágicas. La terraza quedó envuelta en un aura, donde la armonía no solo cautivó a Dante, sino que también actuó como un hechizo sobre los otros gatos. Encantados por la sinfonía, los felinos se acercaron, como si fueran seres gozosos convocados por el sonido celestial. Se posaron frente a Lucas, sus ojos centelleando con una luz mágica mientras lo observaban con una atención casi hipnótica. Pero la magia no se limitó a los felinos; se extendió más allá de los límites permitidos. La melodía resonó en los rincones de la casa y más allá de ella. Atrajo a la hermana de Lucas y a sus dos padres, así como a los vecinos y a los transeúntes que pasaban fuera de la casa. Unos pocos, inexplicablemente cruzaron la alberca como si estuvieran siendo arrastrados por un oscuro hechizo. Cada ser vivo que quedó envuelto en los acordes de esa melodía fue atrapado en un trance, como peregrinos inadvertidos, atraídos por la música que tejía un hechizo imposible de eludir.
Cuando Lucas abrió los ojos, un escalofrío recorrió su espina dorsal ante la escena que se desplegaba ante él. Una multitud de rostros desconocidos se extendía hasta donde alcanzaba la vista, cada uno reflejando una creciente tensión que parecía a punto de estallar. Su familia, con los dientes apretados y sus miradas cargadas de irritación, parecía alimentar el fuego que ardía en los ojos de todos los desconocidos.
Y de repente, sin previo aviso, el aire se cargó con una energía opresiva. El grupo, poseído por una furia incontrolable, se lanzaron unos contra otros en un frenesí caótico. Sus rostros, una vez reflejos de asombro, se distorsionaron ahora en máscaras grotescas de ira. Los gritos resonaron con un eco de lamento. La sangre fluyó entre arañazos que desgarraban la carne, salpicando el suelo y las paredes. Golpes que quebraban huesos y mordeduras que se aferraban con voracidad a la piel, como bestias rabiosas. La muerte hizo su aparición, cosechando vidas sin piedad, en una escena que tiñó la tarde de un rojo carmesí, más oscuro que el crepúsculo.
Lucas sonrió, mientras un chorro de sangre cálida le salpicaba el rostro. Cuando la carnicería acabó, se limpió con el dorso de la mano y miró a su alrededor. No quedaba nadie con vida, solo cadáveres mutilados y desfigurados que yacían sobre el suelo manchado de rojo. Con un suspiro profundo cerró los ojos y volvió a tocar.

