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Gabriela

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   Gabriela no pudo evitar sonreír al ver entrar a don Alexis, el alcalde del pueblo, al minimarket. Era uno de sus clientes habituales, y también uno de los que más odiaba. Lo saludó con amabilidad y fingió interés por lo que deseaba. Don  Alexis le solicitó un kilo de carne picada y una docena de huevos. Gabriela se dirigió al refrigerador y sacó la carne. Lo que don Alexis no sabía era que esa carne llevaba varios días caducada y que Gabriela la había mezclado con otra más fresca para disimular el olor. Tampoco sabía que los huevos que le iba a dar habían sido inyectados con una sustancia que le provocaría una diarrea infernal. Gabriela se deleitaba con la idea de imaginar a don Alexis retorciéndose de dolor en el baño, como les había pasado a otros tantos clientes que habían caído en su trampa. Gabriela odiaba a la gente del pueblo desde que entró a trabajar al minimarket hace casi un año. Desde el principio, experimentaba un odio repulsivo hacia la gente que frecuentaba el almacén. Los recibía con una sonrisa radiante, pero apenas se iban, comenzaba a sentir un profundo desprecio por ellos. Le parecían unos hipócritas, unos chismosos y unos aprovechados. Por eso cada día soñaba con formas cruentas de hacerlos sufrir.

   Apenas don Alexis se marchó, Gabriela se sentó frente al mostrador, retiró la manta con la que había ocultado su plan para que don Alexis no lo descubriera y observó los envases de perfumes abiertos. Eran de marcas caras y elegantes que los clientes compraban para sentirse superiores. Gabriela los despreciaba por su vanidad y falsedad.  Luego, dirigió su mirada hacia la jeringa y el líquido rojizo que había preparado: una mezcla de cloro y desinfectante de piscinas. Su intención era rellenar los perfumes con esa sustancia para que, al ser usados por el cliente, la piel se irritara y el aroma resultara desagradable. Gabriela se relamía los labios al imaginar el horror que causaría su plan.

   Estaba ocupada con eso cuando la campanilla de la puerta la sobresaltó. La señora entró con paso firme, avanzó por los pasillos y se detuvo frente al mostrador. Gabriela, con rapidez, cubrió los frascos de perfume y esbozó su mejor sonrisa.

   La señora apretó los dientes mientras observaba la manta de colores, sospechando que algo se escondía debajo. Con un gesto, intentó apartar la manta, pero Gabriela se lo impidió con una mano firme.

   — ¿En qué puedo ayudarle? —le preguntó con tono jovial y una falsa inocencia.

   — ¡Usted es un monstruo! —le gritó la señora con una voz desgarradora. Desplegó una bolsa con el logo del minimarket, extrajo un trozo de carne ensangrentada y lo lanzó con furia sobre el mostrador haciendo un ruido sordo. —¡Por su malvada intención, metió hojas de afeitar y me he desgarrado la piel! —rugió la señora, mostrando la herida con una rabia explosiva y un hilo de sangre corriendo por el brazo.

   Gabriela, sorprendida, luchó por ocultar su sonrisa.

   —Eso debe ser un error —respondió, su voz tembló ligeramente y su corazón se aceleró.

   La señora apretó los dientes con tal fuerza que se pudo escuchar el rechinar. Luego, con un movimiento brusco, sacó un par de yogures y los estampó contra el mostrador. El contenido salpicó en todas direcciones, manchando la vestimenta de Gabriela con gotas blancuzcas y un olor agrio.

   —¡Huele eso! ¡Es el hedor de la orina! —rugió la señora, su rostro se tornó rojo de ira. — ¡Eres una perturbada, una desquiciada que no tiene perdón de Dios! —Su voz retumbó en el silencio del minimarket.

   Gabriela sintió una marea de furia creciente, pensamientos sombríos inundaron su mente. Solo logró fruncir el ceño, incapaz de articular palabra, mientras el calor se apoderaba de sus mejillas.

   —¿Que, no dirá nada? Acaso piensa que yo crea que es una santa paloma. ¡Estúpida! —gritó la señora mientras daba un golpe en el mostrador. —Iré a la policía —sentenció con ira y un tono amenazante.
   Gabriela no experimentó remordimiento; aunque había llevado a cabo esa artimaña con varios clientes, una melancolía la embargó al ser descubierta. Sin embargo, todo cambió cuando observó la venda rojiza que cubría la mano de la señora, la cual, tras el impacto, se había abierto, dejando caer algunas gotas de sangre sobre el suelo. En ese instante, su sonrisa se amplió hasta mostrar los dientes.

   —Abuela, cálmese. No sé de qué está hablando. ¿Tomó sus pastillas? —le dijo, reprimiendo una risa.

   La señora frunció los labios, tragó saliva y sintió un nudo en la garganta. —¡Hija de puta! —le gritó antes de lanzarle un escupitajo.
   La baba resbaló por el rostro de Gabriela, avivando una llamarada que había mantenido a raya. Con determinación, tomó impulso y le propinó un contundente derechazo. El golpe resonó como un trueno y la sangre salpicó desde la nariz de la señora mientras caía hacia atrás, chocando contra el estante del pan integral que se derrumbó con un estruendo.

    Gabriela, en un instante, se lanzó sobre el mostrador con una sonrisa retorcida, luego se deslizó por el piso como si fuera una serpiente. Agarró lo primero que tuvo a mano: un envase de gaseosa. Lo levantó con furia y, como si fuera un bate de béisbol, lo estrelló contra la cabeza de la señora, haciendo que se desplomara inconsciente.

   El crujido que acompañó al golpe, mientras el envase estallaba en miles de pedazos, avivó la ira de Gabriela. Con el gollete en la mano, se acercó a la señora, la tomó del cabello y expuso su cuello; en un acto macabro, la degolló con un corte profundo y certero. En un fugaz segundo, Gabriela asumió la gravedad de lo que acababa de hacer. Sus manos temblaron mientras caía de rodillas sobre el charco de sangre. Se visualizó detenida y encarcelada de por vida; sin embargo, su rostro exhibía una extraña sonrisa de satisfacción. 

    Estaba en eso cuando la campanilla de la puerta la hizo sobresaltar. Un joven de no más de veinte años entró con la mirada fija en su móvil, avanzando por los pasillos del minimarket sin alzar la vista. Gabriela lo observó aterrada, arrojó el gollete lejos con un movimiento nervioso y escondió sus manos ensangrentadas tras su espalda.

   —Abuela —susurró el joven sin apartar la vista de su móvil mientras avanzaba hacia el mostrador. —¡Abuela! —exclamó antes de levantar la mirada y soltar el móvil al suelo.

    El joven, al reconocer a Gabriela como la asesina, se vio abrumado por un torbellino de emociones: el miedo y la furia se mezclaron en su mirada. Sin titubear, desenfundó una cortapluma de su cinto y se abalanzó sobre Gabriela. En un acto instintivo, ella se lanzó hacia un costado, pero el joven, impulsado por una determinación intensa, le propinó una patada en las piernas, derribándola sin piedad. Se acercó a ella blandiendo la cortapluma con la intención de acabar con su vida.

   Justo cuando la amenaza se intensificaba y el terror se reflejaba en los ojos de Gabriela, una oscuridad súbita envolvió el minimarket.

   En un abrir y cerrar de ojos, una espada negra y afilada, resplandeciendo con un fulgor oscuro, surcó el aire y atravesó el pecho del joven con una precisión sobrenatural. De la hoja emanaron motas de oscuridad que se adhirieron a su carne, deslizándose por sus venas como sombras voraces. Los ojos del joven, antes vibrantes, se oscurecieron, y su cuerpo cayó sin vida.

   La sombra que sostenía la espada se materializó con su capa negra ondeando, unos ojos rojos que brillaban con malicia y una sonrisa que dejaba ver unos dientes afilados.

    —He observado lo que has estado haciendo —exclamó la oscuridad con una voz temible que resonó en todo el local. —Y desde ahora, seré tu aliado.

   A Gabriela se le erizó la piel, pero al instante, esbozó una sonrisa.

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