top of page

El Dr. Zabinski

_788e4237-bcf0-4c8b-b5a4-ecf1ec0e9230.jpg

Asunto: Reflexiones en el Umbral del Domingo, 01 de enero de 2025.

   Esta historia comenzó cuando los animales, seres silentes que coexistían en nuestro mundo, adoptaron un comportamiento inusual. Inicialmente, atribuimos su conducta errática a cambios climáticos y factores desconocidos. A medida que el caos se apoderaba de la naturaleza y nuestras indagaciones no arrojaban respuestas, decidí aplicar mis años de investigación para establecer un vínculo comunicativo con ellos. Fue entonces cuando desarrollé un dispositivo bioacústico, una máquina destinada a facilitar esa comunicación con los animales.

   Bartolo, mi gato, fue el primero en revelar indicios de lo que estaba sucediendo. Sus ojos destellaban con una sabiduría que nunca antes había notado, redefiniendo mi conexión con él y, guiándome hacia un entendimiento insospechado.

   La máquina que diseñé permitió que las voces de los animales se unieran en un coro de advertencias. Aves, mamíferos y reptiles describieron la llegada de una catástrofe inminente. Lo más sorprendente fue descubrir que los animales habían recibido el mensaje antes que nosotros. Era como si la naturaleza misma intentaba alertarnos a través de sus voces.

   Revelé mi descubrimiento a colegas incrédulos, enfrentando escepticismo y dudas. Sin embargo, a medida que probábamos la máquina con más especímenes animales, la realidad se volvía innegable. El mensaje recibido desde una galaxia lejana era una llamada de socorro desgarradora. A través de los pensamientos de los animales, percibimos palabras entrecortadas y fragmentos de un idioma desconocido. La angustia y urgencia en esas voces trascendían las barreras del lenguaje.

   Desciframos que la onda de transmisión del mensaje tenía una frecuencia tan alta que podía hacer temblar hasta el último átomo de nuestro planeta. Peor aún, cuando alcanzara la Tierra, desencadenaría una catástrofe de proporciones nunca antes vistas. La señal de socorro quedó en segundo plano mientras nos concentrábamos en salvar a la humanidad de esta onda destructiva.

   A medida que la onda de frecuencia se propagaba, los desastres dejaban una estela de destrucción. Los animales, detectando el peligro primero, se volvían cada vez más agitados. Aullidos desgarradores resonaban en la noche, mientras las aves migratorias perdían su rumbo y caían del cielo.

Ciudades enteras sucumbieron a terremotos y tsunamis. Edificios colapsaron, dejando montañas de escombros. Olas gigantes arrasaron las costas, dejando a miles de personas sin hogar.

La onda también afectó la tecnología, causando apagones masivos y fallos en las comunicaciones. Ante la magnitud de la catástrofe, las naciones del mundo se unieron en una coalición internacional para encontrar una solución y proteger a la humanidad.

   Juntos, construyeron un arca moderna, equipada con tecnología avanzada y sistemas de autogestión. Este refugio flotante estaba destinado a albergar a la humanidad mientras buscaban una solución o un nuevo lugar para establecerse.

   A medida que el arca se preparaba para recibir a sus ocupantes, se generaron tensiones en todo el mundo. Las manifestaciones y revueltas surgieron, ya que muchos se sintieron excluidos de la selección aleatoria.

   El caos se apoderó del mundo mientras las catástrofes continuaban. La desesperación y la ira se intensificaron, las protestas se volvieron violentas. Los líderes mundiales impusieron medidas drásticas para mantener el orden y garantizar la seguridad de los ocupantes del arca.

   En mi aislamiento, lejos del tumulto y la desesperación que se extendieron por el mundo, recuerdo con claridad los días en los que la catástrofe comenzó a desplegarse. Bartolo, mi leal compañero, estaba a mi lado mientras observábamos la última esperanza de la humanidad alejarse en el horizonte. El brillo del arca, como una estrella fugaz en la negrura del espacio, se desvanecía lentamente mientras la tierra temblaba y el cielo se volvía un remolino de tonos rojizos y ceniza. Había un amargo sabor en mi boca. Aunque mi invento reveló la catástrofe, me dejaron fuera del arca, a pesar de ser quien descubrió la verdad crucial.

   La tierra, nuestro hogar, se partía con un gemido lastimero. Un río de lava avanzaba hacia nosotros; podía sentir el calor en el aire. Las llamas danzaban con desesperación, como si estuvieran contando la historia de la humanidad. La tierra tembló de nuevo, y me di cuenta de que esta vez no es solo la tierra la que estaba temblando, sino también nosotros, los que estábamos parados sobre ella.

   En ese momento, no era solo el Dr. Zabinski enfrentando la catástrofe final. Era un ser humano, sintiendo el peso abrumador de lo que estaba a punto de perder. Estaba ahí, solo con mis pensamientos, y la única compañía que tenía era la de Bartolo, el fiel amigo que parecía entender más de lo que yo mismo podía expresar.

Principio del formulario

   El mundo se deshizo a mi alrededor con un rugido apocalíptico, y de repente, me vi envuelto en una negrura total. El sabor amargo de la muerte inundó mi boca mientras todo se desvanecía en la oscuridad, como si un vendaval de desesperación hubiera arrasado con cada rincón de la realidad.

   Cuando abrí los ojos, la luz titilaba en mi visión, y lentamente, los contornos de mi entorno comenzaron a tomar forma. Estaba acostado en un lugar cálido y reconfortante, rodeado por las texturas suaves del musgo bajo mi espalda y las paredes que parecían construidas por la propia naturaleza.

   Bartolo, mi fiel compañero felino, descansaba a mi lado, su ronroneo resonando en la cueva. Me incorporé, aún aturdido, y contemplé asombrado el santuario que me rodeaba. La tenue luz provenía de luciérnagas que danzaban en el techo de la cueva, creando un espectáculo de destellos mágicos.

   A medida que exploraba, descubrí la presencia de otras criaturas. No eran simplemente animales; eran seres diversos: aves, mamíferos, reptiles, todos coexistiendo en este refugio, cada uno aportando su esencia única a la construcción de este lugar asombroso.

   Fue entonces cuando entendí. Los animales, agradecidos por mi papel en la revelación de la catástrofe, habían decidido salvarme. Este refugio, creado con una inteligencia colectiva, era su respuesta al mensaje cósmico. Sentí una conexión profunda con estos seres, una solidaridad que trascendía las barreras de la comunicación convencional.

   Mi corazón se llenó de gratitud. Me maravillé ante la unión entre especies diversas, quienes, en su sabiduría, habían trabajado juntas para preservar la vida. Bartolo, con sus ojos que parecían entender más allá de las palabras, estaba a mi lado, compartiendo esta experiencia única.

Así, en la calidez de la cueva construida por la colaboración entre humanos y animales, me sumí en la certeza de una segunda oportunidad. La catástrofe que había oscurecido el mundo dejaba paso a un renacer, a un nuevo comienzo gestado por la conexión entre seres dispares que, en este refugio, habían encontrado un terreno común.

© 2024 by JP.Manriquez. Proudly created with Wix.com

bottom of page