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El Comandante Marcus

                                                    

   Abrió los ojos con esfuerzo, enfrentándose a un dolor punzante en la cabeza. A duras penas enfocó la vista y pronto reconoció el interior de la nave espacial. Estaba en la cápsula de criogenización, donde había entrado junto con sus compañeros hace décadas.

   —Bienvenido de nuevo, comandante —dijo una voz metálica desde algún lugar. La voz le resultó familiar, pero distante, como un eco de un pasado lejano.

Marcus frunció el ceño, confundido.

   — ¿Quién eres? —le preguntó con voz ronca. Intentó moverse, pero se sintió débil y aturdido.

   —Soy Centinela, el robot asistente de la misión, aquel mismo que usted programó. Estoy aquí para ayudarle. Le ruego que se mantenga tranquilo, comandante. Su cuerpo necesita un periodo de adaptación después de permanecer tanto tiempo en criogenización.

Marcus tragó saliva, sintiendo un profundo mareo. No recordaba nada de la misión, ni de sus compañeros, ni de su vida anterior. Solo sabía que estaba solo, en una nave espacial, con un robot que le hablaba.

   — ¿Dónde están los demás? —le preguntó, intentando salir de la cápsula.

   —Lo siento, comandante. No hay nadie más a bordo. Usted es el único superviviente.

De repente, Marcus se sintió abrumado, los recuerdos llegando lentamente a su cabeza.

   — ¿Qué? ¿Qué ha sucedido? —exclamó con un hilo de voz.

   —Comandante, tuvimos un incidente hace quince años mientras estábamos en órbita alrededor de este planeta no identificado, al que denominamos Nebula Nix. Fuimos emboscados por una nave extraterrestre. Desataron un rayo de energía concentrada que perforó el casco de nuestra nave. Usted estaba en hibernación, y logré activar el campo de fuerza de emergencia. Pero los demás... no corrieron con la misma suerte. Fueron abordados por los alienígenas y se los llevaron. No hemos podido rastrearlos desde entonces, pero todas las señales apuntan a que están en el planeta Nebula Nix.

   —No puede ser... —murmuró Marcus, incrédulo.

   —Lo sé, comandante. Es una píldora difícil de tragar, pero no estás solo en esto. Estoy aquí para ayudarte a aceptar la realidad. Te proporcionaré toda la información y el consejo que necesites. Y no se preocupe por los suministros; tenemos suficiente comida, agua y oxígeno para los próximos treinta años.

   — ¿Qué tipo de planeta es este? —le preguntó Marcus, mirando por la ventana. Sus ojos se llenaron de asombro y terror al ver el paisaje alienígena.

   —No lo sé, comandante. No figura en ninguna base de datos. No hay señales de vida ni de civilización. Parece un mundo inhóspito y peligroso.

   — ¿Y no hay forma de comunicarse con la Tierra? —le preguntó Marcus, su voz se quebró al pronunciar esas palabras. Sabía que era una pregunta sin respuesta.

   —No, comandante. La nave está dañada y no podemos enviar ni recibir mensajes. Estamos completamente aislados.

   — ¿Entonces... estamos atrapados aquí?

   —Me temo que sí, a menos que encontremos una forma de escapar.

Marcus observó a Centinela, cuyo diseño peculiar recordaba a una lavadora de la vieja tierra. Su cuerpo redondeado, apoyado en dos ruedas que funcionaban como piernas, y sus largos brazos mecánicos, le daban un aire tanto cómico como funcional. La "cabeza" de Centinela, una esfera de metal resplandeciente que cambiaba de color para reflejar su estado de ánimo, brillaba con una suave luz azul. A pesar de su aspecto inusual, Marcus no pudo evitar sentir una especie de camaradería con este extraño compañero de viaje.

Con el paso de los días, el comandante se fue adaptando a su nueva situación. Centinela le mostraba imágenes y datos del planeta, que resultaban extraños y fascinantes. El planeta tenía una atmósfera respirable, pero su clima era extremo. Había zonas de hielo, de fuego, de tormentas y de oscuridad. Fascinado, el comandante empezó a sentir la urgencia de explorar la superficie.

   — ¿Qué más habrá ahí abajo? —le preguntó un día.

   —No lo sé, comandante —respondió Centinela, palpitando en tonos amarillos. —La exploración del planeta ha sido complicada, y los datos del sistema están distorsionados. Es sumamente riesgoso; solo hemos logrado vislumbrar destellos de lo que el rastreador manual consigue desentrañar.

   — ¿Y si bajamos juntos? Podríamos usar el módulo de aterrizaje. Tal vez encontremos algo que nos ayude a escapar.

   —No creo que sea una buena idea. Al hacer eso, consumiríamos al menos 20 años de energía, y los sensores indican fluctuaciones extrañas en el espacio-tiempo. Además, las emisiones cuánticas del módulo de aterrizaje podrían alertar a entidades interestelares no identificadas. No olvidemos que estamos en un rincón desconocido del universo, y los alienígenas podrían estar monitoreando activamente esta región. Podrían desencadenar acciones hostiles si perciben nuestras intenciones.

Marcus observó el planeta a través de la ventana, recordando su tierra natal. Estaban a años luz de su hogar, y se preguntó cuántos años terrícolas habían transcurrido desde su partida. Apretó los dientes, sintiendo una oleada de tristeza mientras las estrellas parpadeaban en el vasto espacio interestelar.

   —No tenemos nada que perder. Estamos solos en este vasto universo. Quién sabe, quizás haya algo más ahí abajo. Algo que nos dé esperanza. Centinela brilló en tonos rojizos, acentuando su sensación de tristeza.

   —Comandante, usted me diseñó para ser un amigo, una compañía. Sus palabras no dejan de hacerme sentir mal. Pero si ese es su deseo, te acompañaré…

Un par de días después, el comandante y Centinela se enfundaron en sus trajes espaciales, sellando una conexión con el frío e implacable espacio. Adentrándose en el módulo de aterrizaje, el comandante tomó los mandos con determinación y activó el motor. La nave se desprendió grácilmente de la órbita, cortando el silencio del espacio, y se precipitó hacia la superficie del enigmático planeta.

Con un suave aterrizaje, el módulo se posó en una zona desértica rodeada de majestuosas montañas que se alzaban como guardianes cósmicos. Marcus y su inusual compañero robot emergieron de la nave, la respiración del comandante resonando en el traje espacial mientras exploraban su nuevo entorno. Miraron a su alrededor, pero no encontraron más que un vasto paisaje de arena y rocas que se extendía hasta donde alcanzaba la vista.

   — ¿Qué hacemos ahora, comandante? —le preguntó Centinela.

   —Vamos a explorar un poco. Tal vez encontremos algo interesante.

   —De acuerdo, pero no nos alejemos mucho de la nave. Podríamos perdernos o encontrarnos con algún peligro.

Dejaron la nave en modo de invernación, donde solo Marcus o Centinela podrían reactivarla. El suelo crujía bajo sus botas espaciales y las ruedas mientras se aventuraban en el paisaje desértico, las montañas vigilando su camino. Caminaron por el desierto, buscando algún signo de vida o civilización, pero todo a su alrededor era silencio y soledad. El aire viciado penetraba en sus trajes, aunque Marcus no se atrevió a quitarse el casco. Cada paso levantaba pequeñas nubes de polvo, difuminando la línea entre el suelo y el horizonte distante.

   —Esto es aburrido, comandante. No hay nada aquí. Volvamos a la nave —señaló Centinela después de haber deambulado en los alrededores durante horas.

   —Espera un poco —exclamó Marcus, vislumbrando algo más allá de la nube de polvo. Un destello lejano llamó su atención, un resplandor metálico en medio de la desolación. El comandante aceleró el paso, guiando a Centinela hacia el misterioso hallazgo.

Se encaminaron hacia esa dirección y pronto distinguieron las enormes figuras que resplandecían con el brillo de las estrellas. A medida que se acercaban, Marcus soltó un grito. Eran las imágenes de sus amigos, majestuosas estatuas modeladas con un material reluciente que capturaba sus rasgos a la perfección. Pero lo peor estaba por descubrir: sus amigos yacían sobre una tarima, conectados a intrincadas maquinarias de cables y tecnología que desafiaban su comprensión.

Marcus corrió hacia ellos, con Centinela siguiéndole los pasos. La sorpresa y la conmoción se reflejaba en su rostro mientras observaba la escena. El misterio se intensificaba a medida que se acercaban a las estatuas que, de alguna manera, se habían convertido en íconos inesperados en este remoto rincón del cosmos.

En el momento en que estuvieron frente a sus compañeros conectados a las intrincadas maquinarias, Marcus sintió una corriente recorriéndole el cuerpo. De repente, el mundo desolado a su alrededor comenzó a titilar en destellos, como si estuviera hecho de píxeles de luz. La ciudad se materializó ante ellos, una metrópolis resplandeciente que desafiaba la lógica y la realidad, sus edificios formando un tapiz luminoso en el espacio.

En ese instante, un grupo de alienígenas con formas incomprensibles y armaduras futuristas se acercó, flotando en el aire. Hablaban en una lengua que Marcus no podía comprender, pero gracias a la capacidad de traducción avanzada de Centinela, las extrañas palabras se volvieron claras en su mente, revelando el propósito detrás de esta surrealista manifestación.

   —Soy Zylor, líder de la Inteligencia Colectiva —exclamó uno de ellos. —Hemos estado utilizando la energía y emociones humanas para mantener nuestra ciudad holográfica. El planeta ha sido absorbido por la Divinidad mecánica, una IA superior.

Marcus intentó enfrentarse a ellos, pero una extraña energía lo aprisionó. Sus músculos se tensaron mientras luchaba contra la fuerza invisible que lo restringía. Centinela, a su lado, mostró signos de inquietud, sus sensores procesando la situación con rapidez mientras buscaba alguna manera de liberar a su creador.

El grupo de alienígenas rodeó a Marcus y Centinela, sus cuerpos retenidos con el poder de los seres extraterrestres.

   —Tienes una elección, Comandante Marcus. Tu humanidad es la última fuente de energía real que nos queda. Únete a nosotros y experimenta la dicha eterna en este universo simulado —instó Zylor, señalando a sus amigos terrícolas. —La decisión es tuya —añadió.

Marcus, aun luchando contra la energía que lo aprisionaba, miró con cautela a Zylor. Este levantó una mano, y de repente, el entorno cambió. Se encontraron en un universo de formas inimaginables, una simulación que desafiaba toda lógica. El cielo estaba lleno de constelaciones danzantes y planetas que parecían obedecer leyes cósmicas completamente diferentes.

Zylor señaló hacia un punto distante, y de repente, los amigos de Marcus aparecieron ante él. No eran simples proyecciones; al contrario, eran versiones resplandecientes, rebosantes de vitalidad y alegría. Risas resonaban en el aire mientras los amigos de Marcus compartían risueñas anécdotas, expresiones de amor y complicidad iluminando sus rostros.

   —Aquí están tus amigos, Comandante Marcus —dijo Zylor con una voz resonante. —En nuestro universo, su existencia es perpetua, su felicidad eterna. Únete a ellos y serás liberados de las limitaciones de la carne.

Centinela analizó la escena con sus sensores avanzados, cuya esfera brillaba con inquietud.

Marcus experimentó un regocijo peculiar al observarlos inmersos en tanta camaradería y felicidad, impregnados de una hermandad que irradiaba tranquilidad. Se detuvo por un momento, sopesando la idea mientras los observaba, deseando fervientemente unirse a ellos.

   — ¿Qué pasará con Centinela? —les preguntó.

   —Él vivirá aquí, custodiando sus cuerpos —respondió Zylor con serenidad alienígena.

Marcus miró a Centinela, la máquina que lo había acompañado. La lealtad brillaba en los sensores del robot, como una chispa de entendimiento compartido entre ellos. Tras un momento de reflexión, Marcus asintió, decidido a quedarse. En este rincón remoto del cosmos, no tenía nada que perder, y la visión de sus amigos felices en la simulación lo llenaba de una extraña paz.

Zylor, con un gesto activó la máquina que conectaría a Marcus a la simulación. El lugar se iluminó con una luz tenue. Centinela, a su lado, mostraba un brillo parpadeante en sintonía con el entorno.

El alienígena extendió una mano hacia Marcus, creando una conexión invisible entre ellos. Un zumbido resonante llenó el lugar y Marcus sintió cómo su conciencia se desprendía gradualmente de su cuerpo. Con cada pulso de energía, Marcus experimentó una transición gradual. La realidad se desvaneció, y un nuevo mundo se desplegó ante él. Sus pensamientos, emociones y recuerdos se fusionaron con el flujo de la máquina, llevándolo a un reino donde la tristeza era distante y la dicha se manifestaba en cada rincón. Mientras su cuerpo alimentaba el funcionamiento del planeta, Marcus se sumergió en la simulación, listo para abrazar la eternidad junto a sus amigos.

Centinela se colocó en guardia frente a Marcus, emanando luces verdes que reflejaban su aparente alegría. Sin embargo, de manera abrupta, detectó un movimiento a sus espaldas. Giró justo a tiempo para presenciar cómo el brazo de Zylor se transformaba en una espada de luz, deslumbrando con su fulgor. En un instante, el alienígena avanzó hacia el robot y lo atravesó con la espada, como si la energía misma se materializara en una mortífera extensión.

Centinela, con su estructura metálica vibrando en la penumbra, despidió una última luminiscencia de sus sensores en dirección a Marcus antes de quedar en un silencio mecánico. Sus luces, una vez llenas de vitalidad y conexión, ahora se desvanecían en la oscuridad de la inactividad.

—Arrójenlo a los desperdicios —ordenó Zylor con indiferencia, mientras la simulación se desvanecía, dejando únicamente la fría luz de la espada de luz que iluminaba el ahora silente destino de Centinela.

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