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El caso del libro maldito

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   El detective Dionisio Vargas jamás imaginó que su último trabajo fuera el más extraño y peligroso de su carrera. Todo empezó cuando una mujer desesperada llamada Laura Sánchez lo contactó para que investigara la desaparición de su esposo, Ricardo Gómez, un famoso escritor de novelas de terror.

   — ¿Cuándo fue la última vez que lo vio? —le preguntó Vargas a Laura en su oficina.

   —Hace dos semanas —respondió ella con voz temblorosa. —Él estaba trabajando en su nueva novela y mencionó que tenía que ir a una biblioteca para consultar unos libros. Me dio el nombre y la dirección, pero cuando fui a buscarlo, nadie sabía nada de él. Ni siquiera estaba registrado como visitante.

   Vargas frunció el ceño.

   — ¿Y no le dejó ninguna nota, ningún mensaje, nada que indique dónde podría estar?

   —No, nada. Estoy muy preocupada, detective. Ricardo nunca haría algo así. Él me ama, y yo lo amo a él. Por favor, ayúdeme a encontrarlo —suplicó Laura, rompiendo en sollozos.

   Vargas se quedó pensativo. Algo no le cuadraba en la historia de Laura. ¿Por qué un escritor famoso iría a una biblioteca desconocida sin avisar a nadie? ¿Qué libros estaba buscando? ¿Y por qué Laura no había denunciado su desaparición a la policía ni a los medios?

   — Está bien, señora Laura —dijo finalmente con voz firme. —Acepto el caso. Pero necesito que me dé más información sobre su esposo. ¿Qué tipo de novelas escribe? ¿Qué temas le interesan? ¿Tiene algún secreto, algún enemigo que quiera hacerle daño?

   Laura negó con la cabeza.

   —Ricardo es un escritor de novelas de terror, pero no el típico terror de fantasmas y vampiros. Él se inspira en leyendas antiguas, mitos ocultos, cultos secretos. Es un amante de todo lo relacionado con el ocultismo, la magia, lo sobrenatural. Siempre está investigando, leyendo, buscando fuentes originales, arriesgando su vida y su cordura, con el único objetivo de lograr crear historias más auténticas, más aterradoras.

   —Ya veo. ¿Y qué me dice de sus enemigos? —insistió Vargas, sospechando que había algo más.

   —No creo que tenga ninguno. Ricardo es muy reservado, no le gusta la fama ni la atención. No tiene amigos, solo algunos colegas con los que se lleva bien. Su única pasión es la escritura —repitió Laura.

   —Bueno, eso simplifica las cosas. Le prometo que haré todo lo posible por encontrarlo, señora Sánchez. Pero necesito que me dé algo más. ¿Tiene alguna foto de él? ¿Algo que me ayude a reconocerlo?

   —Sí, claro. Aquí tiene. Esta es la foto que usó para la portada de su última novela.

Laura le entregó una foto a Vargas. En ella se veía a un hombre de unos cuarenta y cinco años, con el pelo negro y la barba recortada, los ojos oscuros y penetrantes, y una expresión seria y enigmática. Vargas la miró con atención y sintió un escalofrío. Había algo en esa mirada que lo inquietaba, algo que no podía definir pero que le hacía sospechar lo peor.

   —Gracias, señora Laura. Ahora, si me disculpa, tengo que irme. Le llamaré cuando tenga alguna novedad —dijo Vargas, guardando la foto en su bolsillo.

   —Gracias a usted, detective. Por favor, encuentre a mi esposo. Lo necesito —dijo Laura, con una mezcla de angustia y esperanza.

   Vargas salió de la oficina y se dirigió a su coche. Tenía la foto de Ricardo en la mano y la volvió a mirar. Luego, la guardó en su bolsillo y arrancó el motor. Su primer destino era la biblioteca donde supuestamente había ido el escritor. Tal vez allí encontraría alguna pista que lo llevara a su paradero.

   La biblioteca era un edificio antiguo y sombrío, situado en una callejuela oscura y solitaria. Vargas tuvo que preguntar varias veces antes de encontrarla. Al llegar, se identificó como detective privado y pidió hablar con el encargado.

   —Buenas tardes, señor. Soy el bibliotecario. ¿En qué puedo ayudarlo? —le dijo un hombre mayor, con gafas y una bata gris que le daba un aspecto de ratón de biblioteca.

   —Buenas tardes. Estoy buscando a un hombre que vino a esta biblioteca hace dos semanas. Se llama Ricardo Gómez, es un escritor de novelas de terror. ¿Lo recuerda? —le preguntó Vargas, mostrándole la foto.

   —Ricardo Gómez… —el bibliotecario frunció el ceño. —Sí, creo que lo recuerdo. Vino a consultar unos libros muy raros, muy antiguos. Me pidió que le mostrara la sección de ocultismo.

   — ¿Y qué libros eran? —inquirió Vargas, impaciente.

   —No lo sé, señor. No me fijé en los títulos. Eran libros muy viejos, muy deteriorados. Algunos estaban escritos en idiomas extraños, que yo no reconocía. Dionisio Vargas se los llevó a una mesa y se puso a leerlos con mucho interés.    Estuvo ahí varias horas, sumergido en ese extraño mundo. Después se largó con una extraña sensación. Antes de irse, se acercó al bibliotecario.

   — ¿Y el señor Ricardo Gómez no volvió, o alguien preguntó por él?

   —No, señor —respondió el hombre con nerviosismo.

   Vargas lo escudriñó con la mirada 

   — ¿Y no le pareció extraño que un escritor famoso viniera a esta biblioteca y se interesara por esos libros? —lo interrogó, incrédulo.

   —Bueno, señor, yo no sabía que era famoso. Y tampoco me pareció extraño. Aquí vienen muchos estudiosos, investigadores, curiosos. A veces buscan libros raros, libros prohibidos, libros malditos. Yo solo cumplo con mi trabajo y les doy lo que piden. No me meto en sus asuntos —se defendió el bibliotecario, encogiéndose de hombros.

   —Ya veo. Bueno, gracias por su tiempo, señor. Ha sido muy amable —dijo Vargas, sin convencerse.

   — No hay de qué. Que tenga un buen día —dijo el hombre, cerrando la puerta.

   Vargas salió de la biblioteca y se subió a su coche. Estaba frustrado. No había conseguido ninguna información útil. Solo sabía que Ricardo había leído unos libros de ocultismo. Necesitaba más pistas, más datos. Al día siguiente decidió ir a la casa del escritor y ver si allí encontraba algo que lo acercara a la verdad.

   La casa de Ricardo era una mansión lujosa y elegante, situada en una zona residencial y tranquila. Vargas llegó hasta la puerta y tocó el timbre. Le abrió Laura, la esposa del escritor que lo miró con sorpresa y alivio.

   —Hola, detective. ¿Qué tal? ¿Ha encontrado a mi esposo? —le preguntó de inmediato.

   —Hola, señora Laura. No, todavía no. Pero estoy trabajando en ello. ¿Puedo entrar?

   —Claro, pase. ¿Quiere tomar algo?

   —No, gracias. Solo quiero hacerle unas preguntas.

   —Está bien. Vamos al salón.

   Laura condujo a Vargas al salón, y se sentaron en un sofá. El detective observó el lugar. Estaba decorado con gusto y lleno de objetos de arte. En una pared, había una estantería con varios libros. Vargas se acercó y los examinó. Eran las novelas de Ricardo, ordenadas por fecha de publicación. Vargas tomó una al azar y leyó el título: “El libro maldito”, al instante sintió una punzada de curiosidad.

   — ¿Qué es esto? —le preguntó, mostrando el libro a Laura.

   —Es la última novela de Ricardo —respondió ella. —La publicó hace unos meses. Fue un éxito de ventas.

   — ¿De qué trata?

   Laura tragó saliva.

   —Trata de un libro antiguo que supuestamente contiene el secreto para invocar a una entidad maligna. El protagonista es un escritor de novelas de terror que se obsesiona con el libro y lo busca por todo el mundo. Al final, lo encuentra y lo lee. Pero al hacerlo, desata una fuerza oscura que lo posee y lo convierte en un asesino —explicó Laura.

   —Vaya, qué interesante. ¿Y usted ha leído el libro? —le preguntó Vargas, con curiosidad.

   —Sí, claro. Me gustó mucho. Ricardo es un genio.

   — ¿Y no le parece curioso que su esposo estuviera obsesionado con un libro que trata sobre invocar entidades malignas? —le preguntó Vargas, con una mirada penetrante.

   Laura bajó la mirada y tartamudeó.

   —No sé, detective. Ricardo siempre ha tenido una fascinación por lo oculto y lo misterioso. Supongo que eso se refleja en sus escritos.

   Vargas asintió y continuó explorando la casa con Laura siguiendo sus pasos. Al poco tiempo notó un rincón oscuro en el que había una puerta entreabierta. Se acercó sigilosamente y descubrió una escalera que descendía al sótano.

   — ¿Qué hay abajo? —le preguntó Vargas, señalando la puerta.

Laura titubeó antes de responder.

   —Es solo un trastero. Mi esposo lo usaba para almacenar cosas viejas…

   Vargas había notado el nerviosismo de la mujer, así que bajó las escaleras, y al llegar al sótano, se encontró con una habitación lúgubre. En el centro, encadenado y visiblemente debilitado, estaba Ricardo Gómez —que lo miró con horror y alivio.

    — ¡Ricardo! - exclamó Vargas, corriendo hacia él, mientras desenfundaba la pistola.

   —Detective Vargas, al fin has llegado - dijo Ricardo débilmente.

   Laura apareció en la entrada del sótano, con una sonrisa siniestra en el rostro.

   — ¿Qué está pasando aquí? –le preguntó Vargas, enfrentándola.

   Ella amplió su sonrisa.

   —Mi querido detective, has sido un instrumento útil en nuestro plan —exclamó Laura, al instante un grupo de guardias armados se posó detrás de ella.  —Pero es momento de que el prólogo de esta historia llegue a su fin. ¡Átenlo! —ordenó a los guardias, su voz resonando fría en medio de la oscuridad.

   En ese momento, Vargas comprendió que Laura no era quien decía ser y que todo iba mucho más allá de la desaparición de Ricardo. La habitación estaba llena de símbolos y velas, indicando que se trataba de un lugar de rituales.

   — ¿Qué estás tramando, Laura? —dijo Vargas con los dientes apretados.

   —El libro maldito no es mera ficción, detective. Es una realidad que demanda su cierre. Siempre ha sido así; para dar inicio a una nueva narrativa, la anterior debe llegar a su conclusión. Lamento decirle que usted es solo un peón dentro de esta trama, lo siento —confesó Laura, con frialdad.

    Vargas examinó la expresión de Laura y en sus ojos percibió un destello de culpabilidad. Sin embargo, la intriga se vio interrumpida cuando los guardias se acercaron. Se agruparon alrededor de Ricardo Gómez, desprendiéndolo de sus cadenas y ataduras. Sorprendentemente, el escritor se levantó sin mostrar la más mínima dificultad. Su mirada se encontró con la de su esposa, que le sonrió con complicidad.

    —¿Todo salió como estaba escrito? —le preguntó Ricardo a Laura, ignorando a Vargas.

   Ella asintió.

   El escritor esbozó una sonrisa.

   —Este ha sido el desenlace más trágico de todos —pronunció Ricardo con un suspiro cargado de pesar. —Imagina dos semanas confinado en este lugar, alimentándome como un recluso, sintiéndome tan débil que llegué a pensar que no lograría resistir. Pero Satán, en su macabra benevolencia, me otorgó la fuerza necesaria para seguir adelante –exclamó, su mirada fija en el detective Vargas.

    Sus guardias bajaron la mirada en un gesto de respeto. Laura, con la expresión sombría que acompañaba sus ojos, también se sumió en la solemnidad del momento.

    — ¡Concluyamos el ritual!, pongamos punto final al desenlace de esta historia, donde usted, Detective Vargas, asumirá el papel principal. Al igual que tantos otros, será simplemente un peón en esta trama; lamento mucho decirlo, pero los caminos de Satán son inescrutables. ¡Que el ritual llegue a su fin!

    Ataron a Vargas y lo inmovilizaron en el centro del círculo trazado en el suelo con símbolos arcanos. Ricardo empezó a recitar el ritual siguiendo la estructura del epílogo de su propio libro. Con cada palabra, el aire se cargaba de una energía intensa. El viento comenzó a agitarse mientras destellos de luz y sombras danzaban en la penumbra. El lugar se sumió en el caos de una ceremonia que iba más allá de la comprensión humana. Pero algo inesperado sucedió; de repente, el escritor guardó silencio, sintiendo un escalofrío recorriéndole la espalda. Su mirada se encontró fijamente con la de Laura, y al instante un cañón se posó en su nuca.

    — ¡Termina el maldito epílogo! —gritó Laura, mientras otras armas se alineaban amenazadoramente contra el escritor.

   Ricardo tragó saliva.

   — ¡Cambiaste el epílogo! —le espetó con furia. Luego, dirigió una mirada ardiente hacia los guardias, quienes le devolvieron un gesto feroz de ira.

    Laura soltó una carcajada y le reveló la verdad:

    —Oh, sí, Ricardo. Alteré el epílogo y hasta cambié al protagonista. Siempre he considerado tus finales como algo insípido, sin el toque malévolo necesario. Al punto de que me aburrí por completo de tu presencia, lo siento. ¡Termina ese epílogo ahora mismo!

   Ricardo, con la voz entrecortada, recitó las últimas frases del epílogo en una melódica y oscura tonalidad, mientras los cañones de las armas lo apuntaban con la cruel certeza de un destino trágico.

   Al mismo tiempo, el detective Vargas, con cada palabra, se retorcía, siendo víctima de una presencia insondable que se apoderaba de su cuerpo. En la penumbra, sus rasgos sufrieron una metamorfosis macabra, su mirada adoptó un fulgor siniestro. Con un chasquido estremecedor, las amarras se liberaron de sus manos y se levantó, avanzando casi levitando hacia Laura. La tomó de la cintura con una fuerza inhumana, sus labios se encontraron en un beso cargado de una pasión perturbadora. En un movimiento fluido le quitó un arma a uno de los guardias y le voló la cabeza a Ricardo      Gómez, el famoso escritor de novelas de terror.

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