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A la sombra del crimen

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   El teléfono retumbó en el despacho del detective Martínez, arrancándolo de su lectura de un informe de un robo menor. Miró el identificador de llamadas y vio que era un número desconocido. Un escalofrío le recorrió la espalda, con la persistente aprensión de que aquel teléfono pudiera haber sido intervenido, pero finalmente decidió contestar.

   — ¿Detective Martínez? —dijo una voz distorsionada al otro lado de la línea.

   —Sí, soy yo. ¿Quién habla?

   —No importa quién soy. Lo que importa es lo que voy a decirte. Tienes una hora para evitar un asesinato.

   Martínez se quedó helado, pensando que se trataba de una broma de mal gusto.

   — ¿De qué estás hablando? ¿Qué asesinato?

   —El asesinato de tu ex esposa, Marta. Está alojada en la habitación 312 del hotel Plaza. Si no llegas a tiempo, morirá.

   Martínez sintió un escalofrío al escuchar el nombre de su ex esposa. Hacía años que no sabía nada de ella, desde que se divorciaron tras una relación tormentosa. ¿Qué hacía en ese hotel? ¿Y quién era el misterioso llamante que le advertía de su muerte?

   —No sé quién eres, ni qué quieres, pero esto no tiene gracia. Si le haces algo a Marta te encontraré y te haré pagar.

   —No soy yo quien le va a hacer algo. Soy solo un mensajero. Tú decides si me crees o no. Pero te aconsejo que te des prisa. El tiempo corre.

   La llamada se cortó, dejando a Martínez con el teléfono en la mano y una sensación de pánico en el pecho. Miró el reloj y vio que eran las diez de la noche. ¿Debía tomarse en serio la amenaza? ¿O era solo una broma de alguien que conocía su pasado? No podía permitirse el lujo de dudar, cogió su pistola y su placa, y salió del despacho hacia su coche. Arrancó y condujo a toda velocidad hacia el Hotel Plaza, rezando por llegar a tiempo.

   El Hotel Plaza, un edificio de lujo en el centro de la ciudad, se alzaba imponente. Martínez entró por la puerta principal y se acercó al mostrador. Allí, un joven recepcionista de aspecto amable y sonrisa profesional le atendió. Pero Martínez no estaba de humor para cortesías.

   —Buenas noches, señor. ¿En qué puedo ayudarle?

   Martínez sacó su placa y se la mostró.

   —Soy el detective Martínez, de la policía. Necesito hablar con la señora Marta García, que está alojada en la habitación 312.

   El recepcionista parpadeó, sorprendido.

   — ¿La señora García? ¿Está seguro?

   —Sí, estoy seguro. ¿Hay algún problema?

   —No, no, ningún problema. Solo que... bueno, es que la señora García no está sola. Está acompañada por su esposo.

   — ¿Su esposo? —. Martínez sintió un pinchazo de celos y rabia. ¿Marta se había vuelto a casar? ¿Y con quién?

   — Sí, su esposo. El señor Carlos Sánchez. Llegaron juntos esta tarde y pidieron la suite nupcial.

   Martínez sintió como si su corazón se acelerara.

   — ¿La suite nupcial? —. No podía creer lo que oía.

   —Sí, la suite nupcial —respondió el recepcionista. —La habitación 312. Es la más grande y lujosa del hotel. Tiene una vista espectacular de la ciudad, y una bañera de hidromasaje.

   Martínez no quería saber más detalles. Quería ver a Marta con sus propios ojos, y averiguar qué estaba pasando. Tal vez el llamante anónimo se hubiera equivocado de número, o de persona. Tal vez Marta estuviera bien, y todo fuera una confusión.

   — ¿Puedo subir a verla?

   —Lo siento, señor, pero no puedo dejarle pasar sin su consentimiento. Es una cuestión de privacidad.

   Martínez perdió la paciencia.

   —Mire, esto es una cuestión de vida o muerte. Hay alguien que quiere matar a Marta, y estoy aquí para evitarlo. Así que o me deja subir, o tendré que usar la fuerza.

   El recepcionista se asustó al ver la pistola que Martínez llevaba en la cintura.

   —Está bien, está bien, no hace falta que se ponga así. Puede subir, pero tenga cuidado. No quiero problemas.

   Martínez asintió y se dirigió al ascensor. Pulsó el botón de la tercera planta y esperó a que se abrieran las puertas. Subió y salió al pasillo. Buscó el número 312 y lo encontró al final, junto a una ventana. Se acercó a la puerta y la golpeó con fuerza.

   — ¡Marta! ¡Marta, soy yo, Martínez, tu ex esposo! ¡Abre la puerta!

   No hubo respuesta. Martínez volvió a golpear, más fuerte.

   — ¡Marta, por favor, abre! ¡Estoy aquí para ayudarte!

   Nada. Martínez se impacientó y decidió entrar por la fuerza. Apuntó con su pistola a la cerradura y disparó. La puerta se abrió con un estruendo, y entró en la habitación.

   Lo que vio lo dejó helado.

   En la cama, yacían los cuerpos sin vida de Marta y de su supuesto esposo. Martínez se concentró en Marta, quien tenía un disparo en la cabeza, y la sangre manchaba las sábanas blancas. Junto a ellos, había una nota escrita con letras recortadas de revistas.

   "Te lo advertí. Llegaste tarde."

   Martínez soltó un grito de horror. Cayó de rodillas y rompió a llorar. No podía creer lo que veía. ¿Quién había hecho eso? ¿Y por qué?

   De repente, un sonido interrumpió el silencio detrás de Martínez. Giró bruscamente para encontrarse con el recepcionista, quien lo apuntaba con una pistola.

   —Suelta el arma —rugió el hombre con autoridad.

   Martínez evaluó sus opciones en un instante y decidió actuar. Se lanzó hacia un costado justo cuando el recepcionista apretó el gatillo. La bala pasó rozando por escasos centímetros. Con una respuesta veloz, el Policía disparó certeramente a las piernas del hombre, dejándolo inmovilizado en el suelo.

   Con el dedo en el gatillo de su pistola, Martínez se acercó al recepcionista. Con un movimiento rápido, pateó la pistola que estaba a su alcance.

    — ¿Quién eres? —exigió, su voz vibrante de rabia. El recepcionista se retorció en el suelo, un gemido de dolor escapando de sus labios. Sus ojos se llenaron de miedo al ver la figura amenazante que se cernía sobre él.

   — ¡Quién eres! —gritó de nuevo Martínez, su voz resonando en el silencio de la habitación.

   El hombre soltó un chillido agudo.

   —Esto… Esto no debió suceder así —susurró, su voz temblorosa. —Ayúdame, por el amor de Dios, esto no fue lo que planeamos, no quiero morir así… ayúdame…

   Martínez se acercó, apuntándolo, su dedo contra el gatillo, listo para disparar.

   —De qué estás hablando, eres un asesino y mereces pagar el resto de tu vida en una prisión —dijo con frialdad y desprecio.

   — ¡Dime tus malditas motivaciones!

   —Solo soy un peón, se me pagó para…

   Antes de que pudiera terminar su frase, un sonido sutil, apenas perceptible, resonó detrás de Martínez. Fue un traqueteo insignificante, pero suficiente para alertarlo. Se giró justo a tiempo para ver a Sánchez, su arma levantada y el dedo en el gatillo apuntándole a la cabeza. El miedo y la sorpresa se apoderó de él y trató de esquivar el disparo, pero fue demasiado tarde.

   El proyectil de Sánchez se incrustó en el hombro de Martínez, provocando que soltara la pistola que tenía entre sus manos. Una oleada de dolor se propagó por su brazo, paralizándolo momentáneamente. Antes de que pudiera reunir sus fuerzas para responder, un segundo disparo atravesó su otro hombro. Martínez cayó de rodillas; el dolor era insoportable.    Miró aterrado cómo la figura que había creído muerta, el supuesto marido de Marta, se levantaba lentamente, su cuerpo manchado de sangre.

   — ¿Cómo…? —logró decir Martínez, su voz apenas un susurro, sus dientes apretados por el dolor. El multimillonario        Carlos Sánchez se incorporó de la cama de un salto, su cuerpo envuelto en sangre. Se acercó a Martínez con una sonrisa torcida, mostrando su satisfacción por el éxito de su plan. Luego, dirigió su mirada hacia el recepcionista que yacía en el suelo, junto a la puerta de la habitación.

   —Vamos, levántate —le dijo Sánchez con voz desafiante, mirando al supuesto recepcionista. —Todo salió según el plan.   Tu recompensa será en efectivo y podrás salir ileso de todo esto. Luego observó a Martínez, quien luchaba por sacar su teléfono móvil con movimientos lentos. Una carcajada escapó de los labios de Sánchez, lleno de confianza.

   —¿Qué? ¿Vas a llamar refuerzos? No te preocupes, ya están en camino —añadió con desdén.

   En ese momento, el sonido de las sirenas de la policía resonó en el aire, acercándose rápidamente al lugar.

   —Justo a tiempo —susurró Sánchez, mientras se arrodillaba frente a Martínez, disfrutando del momento.

    El detective observó a su ex esposa sin vida, las lágrimas rodando por sus mejillas.

   — ¿Por qué? —mencionó entre sollozos, mientras comenzaba a perder la conciencia.

    Sánchez soltó otra carcajada, mostrando su desprecio.

    —Hay muchas razones y en ninguna de ellas estás tú. Marta y yo no íbamos a casarnos, pues ella llevaba una vida oculta con varios amantes y pagaba a hombres para satisfacer sus deseos más oscuros. Su interés principal era mi fortuna. Sin embargo, gracias al recepcionista, que en realidad no es el verdadero recepcionista, descubrí sus engaños. El recepcionista original yace muerto, al igual que el amante de Marta. Fue en ese momento cuando entraste tú en escena. Fuiste tú quien asesinó a Marta, a su amante y al recepcionista. Yo recibí una llamada desde tu número y llegué aquí.  ¿Qué opinas de mi coartada? —le preguntó con una sonrisa torcida.

   El policía Martínez quedó congelado ante semejante revelación.

   — ¿Qué? Eso es una mentira. Yo no maté a nadie. Tú eres el culpable de todo. Tú eres el que contrató al falso recepcionista para que me tendiera una trampa. Tú eres el que fingió su propia muerte para que yo fuera el sospechoso. ¡Tú eres el que intervino mi teléfono! el que mató a Marta y a su amante por celos.

   Sánchez esbozó una sonrisa siniestra que reflejaba su despiadada determinación. Asintió sin remordimientos.

   —Me imagino que conoces esta arma, ¿no? Era una de las de tu colección —exclamó orgulloso levantando la pistola en el aire. —Ella fue la que asesinó al recepcionista, al amante y luego, a Marta tu ex mujer.

   Martínez recordó el arma; la había perdido en un tiroteo hace meses y nunca la reclamó.

   Sánchez ajustó la pistola sobre su propio hombro y con los dientes apretados, se disparó a sí mismo. El estruendo del disparo llenó la habitación, y el dolor se apoderó de su cuerpo. Luego, con un esfuerzo sobrehumano a pesar de su herida,     Sánchez untó el arma con la sangre de Martínez y las huellas de él, asegurándose de borrar cualquier evidencia que pudiera incriminarlo. Fue hábil dejando todo preparado antes de que llegaran las autoridades. Finalmente, su cuerpo cedió y cayó al suelo, justo cuando los pasos apresurados resonaron a través del pasillo, anunciando la llegada de la policía. El escenario estaba listo para ser descubierto, pero solo quedaba el silencio y el misterio de lo que había sucedido.

   

   Meses después de la tragedia en el Hotel Plaza, la vida de Martínez se desmoronó aún más. A pesar de su intento por revelar la verdad detrás de los eventos, las pruebas manipuladas y las artimañas de Sánchez llevaron a la inculpación de    Martínez por el asesinato del recepcionista, Marta y su amante. La sala del tribunal resonó con la declaración del veredicto: culpable. Martínez fue condenado a prisión de por vida, una víctima de las maquinaciones de un hombre astuto.

   En la oscura celda, Martínez, rodeado de condenados que desconocían su inocencia, luchaba con la desesperación. Sin embargo, una tarde, la monotonía de su encierro fue interrumpida por la llegada de un visitante inesperado. La puerta chirrió al abrirse, y Carlos Sánchez entró con una sonrisa burlona en el rostro, rodeado de guardaespaldas armados.

   — ¿Asombrado de verme, Martínez? —le preguntó Sánchez, disfrutando del tormento que veía en los ojos del detective.

   Martínez, con una mezcla de rabia y frustración, se puso de pie, enfrentando a su némesis.

   — ¿Qué quieres, Sánchez? ¿Viniste a burlarte de mí?

   —No solo a burlarme, querido Martínez. Vine a ofrecerte un juego. Un juego que podría cambiar tu destino.

   La mirada de Martínez se volvió intensa.

   — ¿De qué estás hablando?

   Sánchez se acercó, susurrando una propuesta inesperada.

   — He manipulado las pruebas en tu contra, pero puedo liberarte. Puedo garantizar tu libertad si juegas un pequeño juego. Un juego que decidirá si mereces o no tu redención. Un juego que te dará la oportunidad de escapar de su condena, pero a un precio muy alto. Un juego que te hará elegir entre tu vida o la de los demás. Un juego que enfrentará tu propia conciencia.

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